Ana era una mujer fuerte, inteligente, atractiva, sensible. Su cabello era castaño oscuro y rizado y sus ojos eran pardos con una mirada felina. Aunque ahora su color se había tornado gris, pero sus ojos seguían siendo bellos.

Su infancia fue feliz. Nunca le faltó de nada, ni material, ni de cariño. Su madre era muy guapa y sobre todo una persona callada, tenía como un sexto sentido para saber cómo eran las personas y su padre no era menos guapo. Las vecinas siempre le preguntaban -¿Cuántos años tiene tu padre? A lo que Ana respondía -40 años- y siempre le decían – ¡Ah! Pues parece más joven. Él era trabajador. Cuando ella era pequeña su padre tenía dos trabajos para que nada les faltara. Fue poco al colegio, pero era muy inteligente y leyó muchos libros. Le gustaba la política y eso le llevó a tener alguna que otra discusión incluso con la familia y esa pasión la heredó Ana, siempre situada a la izquierda. Aprendió de ellos ser un mujer justa, trabajadora e integra.

Su juventud también fue feliz, pero su ansia por casarse y tener hijos le hizo tomar alguna decisión sin meditar, pero nunca se arrepintió de sus decisiones, ya que en esos momentos era lo que quería.

No quiso estudiar, porque quería trabajar. Se arrepintió, pero como nunca es tarde ya estando casada y con hijos estudio una carrera en la universidad.

Trabajó desde los 15 años, se casó, tuvo hijos, estudió y todo lo hacía a la vez, era incansable.

Pero todo tiene su precio y pasó una época mala, mucho estudiar, poco dormir, se divorció, murieron sus padres y todo recayó en ella, pero no le asustaba.

¡Habían pasado tantos años! ahora estaba muy cansada.

Una tarde de verano estaba en su casa, sentada en su balcón con el Sol como compañía, cerró los ojos y en un instante pasó toda su vida. Se sintió orgullosa, aunque habían episodios de su vida que no le gustaban, su carácter fuerte la perdía muchas veces y luego lo pasaba mal, no sabía controlarse, era superior a ella y había pasado mucho tiempo intentando cambiar, pero todo pasa por algo, si no hubiera tenido ese carácter y esa pasión puede que no hubiera podido con todo lo que tuvo que pasar.

Se sentía al fin feliz, había aprendido mucho, reconocía todo lo que no había hecho bien, pero también todo lo bueno que hizo, que puesto en una balanza, (como en el libro de los muertos la diosa egipcia Maat juzgaba todos los actos humanos en una balanza: en el platillo de la derecha se colocan las buenas obras, representadas por un corazón, mientras que en el platillo de la izquierda se pesan las malas obras, simbolizadas por la pluma vertical de la Diosa Maat. Si pesaban igual el fallecido lograba su estancia eterna en el Más Allá. Si no, Ammyt lo devoraba), pesaba más lo bueno que había hecho y lo que había aprendido.

En ese instante comprendió que estaba preparada para irse.

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Diosa Maat (Verdad – Justicia)

“Que nadie se engañe a sí mismo, lo que el hombre sembrare, eso cosechará y sus obras lo seguirán”

*Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.

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