Valeria tenía problemas en el trabajo. Sentía que aunque hacia las cosas bien y más de lo que debía hacer nunca llega llegaba su recompensa.

Al final ya no sabía que valoraban… el no hacer, el no dar problemas, decir no sé hacerlo para que lo haga otro… Pero ella no sabía hacer menos.

Además de en el trabajo, le sucedía algo parecido en otros ámbitos de su vida.

Se sentía mal, algo sucedía que se escapaba de su control, porque le pasaba siempre lo mismo, quería saber cómo afrontarlo y por qué le estaba pasando y fue a ver a una amiga que se dedicaba a la medicina alternativa.

Le explicó lo que le ocurría y a través de la kinesiología (que a grandes rasgos es hacer un test corporal haciendo preguntas al cuerpo) su amiga comenzó la sesión. Entre  las cosas que el cuerpo les iba diciendo, tuvieron que regresar al pasado… a otras vidas anteriores.

Se centraron en una en concreto y le dijo:

– Cierra los ojos y dime qué ves –

Valeria con los ojos cerrados le pasó como una película… Corría el año 1905, María era una mujer bella, estaba casada, vivía bien, tenía una vida cómoda… Está percepción era a través de ver como era su casa, su vestido, su peinado, su marido bajando por la escalera que llevaba a la entrada de la casa. Todo parecía perfecto, era feliz o eso creía ella.

Seguía viendo escenas de su vida y vio como su marido y su hermana se veían a escondidas.  En ese momento vio como su mundo se venía abajo. Su propia hermana le arrebataba lo que ella más quería. Sintió pena… por ellos, por ella misma.

Y a sus 25 años se fue su vida.

Valeria seguía arrastrando lo que a María (ella misma en su otra vida) le había sucedido.

Sentía que le arrebataban lo que es suyo, lo que le pertenece por derecho propio. La forma de solucionarlo es el perdón.

Perdonar a su marido, a su hermana y perdonarse a ella misma, es la única manera de que en esta vida dejen de arrebatarle lo que es suyo.

Captura

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