-Te libero y tú libérame a mí también-

Esas fueron las duras palabras que ella leyó al abrir el correo que había recibido. Sólo habían pasado unos días desde su último encuentro.

No pudo ni siquiera llorar, tantos golpes la habían hecho insensible. En otro tiempo lo hubiera maldecido, odiado, insultado y arrancado de su corazón en cuestión de segundos.

Llorar alivia, hace salir la rabia y te calma. Pasaron unos días y empezó a darse cuenta que no lo volvería a ver más. Tenía que aceptarlo. Sin aceptación no hay cura. No valía la pena sufrir por alguien que le decía adiós sin demasiadas explicaciones.

Él no iba a pasarlo mal, entonces por qué a ella tenía que dolerle.

El tiempo es una buena ayuda y cada día que pasaba sus pensamientos hacia él se iban calmando. Pero seguía queriéndole. Lo perdonaba pero había días que lo odiaba, pero en instantes ese odio desaparecía y volvía el amor. Sabía que el odio no conduce a ninguna parte, sólo a sentirse peor.

Era a quien más había querido, con quién más se había divertido, en definitiva con quien más feliz había sido.

Pasaron meses y ella lo había aceptado. Sabía que ahora otra ocuparía su lugar y sentía pena por ella, porque le iba a suceder lo mismo. Un día le dirá adiós.

Una mañana sonó su teléfono…era él

-No te he olvidado-

–Puede que nuestro destino sea volvernos a ver-

Ella se quedó muy sorprendida, no se lo esperaba y se dio cuenta que su vida se tambaleaba de nuevo, era como si la herida que aún estaba abierta comenzará a sangrar de nuevo.

¿Y para qué llamó? para tener su ego alto, para comprobar que ella seguía queriéndole…

El amor debe hacernos felices no doler.

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